La historia
Un gesto que señala el camino.
Nuestro San Juan —el discípulo amado— salió de la gubia de Ignacio Cerviño Quinteiro en 1877, y todavía conserva la viveza de su primera procesión. Imagen de vestir: cabeza, manos y pies tallados en madera, cuerpo resuelto con un armazón ligero que se arropa cada año en terciopelo verde —otrora más intenso que lo que hoy en día— y rojo, los colores que la iconografía reserva al evangelista más joven. Cerviño quiso retratarlo imberbe, melena rizada, ojos de vidrio de los que se empañan con las lágrimas.
La talla es articulada de hombro derecho; basta un pequeño pasador para que el brazo se alce y señale a Cristo en el instante del Santo Encuentro, como quien grita —mudo— a la Virgen dónde está su Hijo. Esa mano extendida dibuja medio arco en el aire y basta para que la plaza y el predicador enmudezcan.
Después la volverá a bajar y reposará sobre el mantolín, pero durante esos segundos San Juan parece levantar todo el peso de la tragedia que se avecina.
Fragmento del libro · página 50.