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Parte I · Figuras / 15

Jesús Nazareno Camino del Calvario

El teatro de las Tres Caídas.

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La historia

El teatro de las Tres Caídas.

—◦— O el paso de los Carallotes, como también se le llama en Cangas. Una de las obras maestras en el encuentro del Viernes Santo; un trabajo de Cerviño de 1877. Encabeza Cristo, túnica morada, cruz al hombro y un ingenioso truco mecánico —engranajes que le permiten “derrumbarse” tres veces durante el recorrido—: basta un «leve» tirón del costalero —que en ocasiones por fallas del mecanismo me ha puesto el corazón en un puño— para que el cuerpo se incline y los más pequeños abriésemos la boca de par en par. Tras Él, Simón de Cirene sujeta el madero con gesto indeterminado. Un paso adelante, aparece el centurión, alias Carnacedo —Carnasedo para los de Cangas—: casco puntiagudo, estandarte al viento y un feo severo rostro, que en su faz grita el necesario alivio que una restauración obsequia. Antaño movía los ojos con un ingenioso mecanismo pendular autónomo; dicen los «mayores» que hasta los años setenta, sonaba también su «tuba romana», un bramido que hacía temblar a los críos subidos a los plataneros de la plaza, yo, que soy del 78, no tengo ese recuerdo, aunque mi memoria lo ha suplido siempre con imaginación.

Flanquean la escena dos sayones también de rostro afilado, casi caricaturesco, cada uno con su seña de abuso: uno tira de la cuerda, otro flagela. Todo el conjunto pesa lo suyo, pero los costaleros —relevos de cuatro en cuatro— lo llevan a hombros para que la cruz se meza suave sobre la multitud. Primera caída: una sorpresa colectiva; segunda: un murmullo de preocupación; tercera: alivio de que todo haya funcionado.

El severo Carnasedo clava su mirada —violenta— en todos nosotros, somos plebe, muchedumbre, para él. Aunque ya no mueva sus ojos, me sigue reanimando ese atávico miedo infantil de su figura: «Portate ben que mírache Carnasedo, rapás», como le decía Sabela a Ghabela a un joven querubín. Por cierto, posiblemente “bautizado” Carnacedo porque su rostro recordaba mucho al de un coadjutor —o sacerdote ayudante de la época— apellidado Carnacedo que al parecer ejercía en Cangas cuando la figura empezó a procesionar. El parecido físico —barba, rasgos duros— hizo que la gente identificara al muñeco con aquel clérigo y, desde entonces, el nombre quedó fijado para la imagen articulada, aunque bien podría a día de hoy rebautizarse el parecido.

Fragmento del libro · página 200.

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