La historia
El frasco, la melena y las lágrimas.
La Magdalena de Cerviño —la primera que el maestro concluyó, allá por 1877, antes de añadir a Salomé y Cleofás— es quizá la más reconocible de las «tres Marías»: basta verla aparecer con la melena suelta, jarro de ungüentos en la mano y un temblor de culpa que se le adivina incluso a contraluz. Imagen de vestir, articulada de hombros y codos; la madera tallada con minuciosidad se reserva a la cabeza, manos y pies, y su cuerpo de armazón, quizás respire asfixiado por la cuerda de su cintura.
Cerviño le talló unas facciones finísimas: cejas que casi se pierden, nariz afilada, boca apenas entreabierta —¿un “perdóname” eterno?—, el trígono glabelar tan característico del autor y unas lágrimas de vidrio que me imagino se revisan cada cierto tiempo para que no caigan. Reconozco que no descubrí las lágrimas hasta bien avanzada la adolescencia y eso que mis abuelas insistían en el detalle, pero no era la causa de atención lo que me fallaba, sino más bien una miopía por descubrir.
Durante el Santo Encuentro del Viernes Santo avanza junto a sus dos compañeras y, cuando el Nazareno cae por segunda vez, se adelanta un paso más, alza el tarro de ungüentos gracias al ingenio de sus bisagras, —que se verá en próximas fotografías— y lo ofrece en silencio. No había pregón de don Jesús que superase ese gesto y el del pañuelo que se desenrolla en las manos de la Verónica.
Fragmento del libro · página 68.