La historia
La anatomía de la resistencia.
El Cristo del Perdón se alza sobre la peana como un Ecce Homo recién proclamado: corona de espinas que humedece «en rojo» la frente, caña larga de burla convertida en cetro y sobre los hombros un magnífico capote de brocado rojo fuego, bordado en oro, que cae hasta rozar las flores de la base. El torso, casi desnudo al procesionar, nos permite imaginar en dónde caerá el surco de la lanzada, pero esa debilidad se contrarresta con una anatomía que no presume fuerza, sino resistencia, con unos brazos atados al frente, mansos, como si aceptaran de antemano la condena.
Me he permitido también la licencia de fotografiar la figura según salió de la crátera o partidero —sin vestuario—, por que la considero una obra de la que no siempre permite su vestuario admirar su complejidad: el color sin sangre de los dedos, las marcas —encarnaciones en pintura para los entendidos—, las venas y las suaves veladuras de su paño de pureza —también llamado perizoma—. Con mirada baja, triste, pero sin rencor; contiene algo de ese perdón que da nombre a la imagen y añado como espectador, un “porqué” a su expresión.
Procesiona desde el 2023, por lo que es de las benjaminas —junto a la Virgen de la Aurora— de Cangas, y su caña seleccionada por los cofrades, la corona de espinas realizada ad hoc, o la anda realizada por «Alberto o da Fe» le aportan la familiaridad que la hace más nuestra.
Fragmento del libro · página 184.