La historia
La llegada, el gesto y el verdor.
La Burriquita —así la nombramos con cariño— llegó a la cofradía en 1993, recién salida de las manos de Bladimiro Mielgo: madera policromada, juventud en el rostro de Cristo y un manto que ondula como si aún flotase el eco del Hosanna. Aunque para ser del todo certeros en la autoría, tenemos que nombrar en esta obra a una persona que saldrá varias veces en este libro y que es nuestro imaginero viviente: don Suso Caramuxo. Me contaba este, que cuando recibieron de Bladimiro la figura por encargo, «la burra era demasiado flaca» y «la cara de Jesús era la viva imagen de Lenin», por lo que en un trabajo colaborativo, Suso, «engordó» a la burra y cambió la cara del «montante», por la que hoy podemos admirar. Ciertamente puede que no sea una reliquia barroca, pero posee la frescura de lo recién tallado y la ternura de aquello que los más pequeños, palma en mano, identifican al instante: el comienzo de la Semana Santa. Yo mismo he llevado desde pequeños a mis dos hijos, Miguel y Alba con ramitas de olivos —siempre regaladas—. Un día de gran alegría en el que toda la familia de los «Juecos» hacemos una foto de grupo. ¡Incluso en pandemia, cada uno desde su casa!
La figura viaja sobre ruedas —no por falta de devoción, sino por pura gravitación: pesa lo suyo—, y cada año lo engalanan con verdor nuevo, porque sin ese ramaje la escena quedaría huérfana de contexto y de olor. Uno la ve avanzar, bendiciendo a diestra y siniestra desde la grupa de la borrica, y comprende que, aunque la talla sea moderna, el relato es milenario; basta esa leve inclinación de la mano para sentir que el tiempo se frena y que el empedrado de la Calle Real se asemeja, por un instante, a aquella entrada triunfal que representa: Jesús en Jerusalén.
Fragmento del libro · página 12.