La historia
La memoria que permanece.
Dos metros largos de cedro envejecido, ojos de vidrio abiertos — dulces, casi agradecidos— y un costado lacerado antes de exhalar siquiera el último suspiro. Dicen los papeles que, la noche en que los piratas quemaron Cangas —aquel 9 de diciembre de 1617—, esta talla se negó a arder: ardieron retablos, velas y tablas de San Juan, pero la madera maciza sólo ennegreció un poco la mano izquierda, como si el fuego quisiera dejar constancia de su derrota. Desde entonces el pueblo lo llama el Buen Jesús viejo, el Cristo que no quiso arder o Cristo de la Pila, ya que esa es su posición habitual el resto del año.
No es una pieza que deslumbre por pincel o anatomía «Michelangeliana». Pesa más de doscientos kilos y la policromía popular, remendada tres veces, acusa barnices que oscurecen la carne. Quizá por eso, cuando en 1796 la cofradía encargó aquel Cristo nuevo, más ligero y delicado —el del Consuelo—, al viejo lo relegaron a la esquina baptisterial, tras un cristal que apenas lo defendía del polvo. Y allí hubiese seguido, si en 1997 no se hubiera obrado el segundo milagro: lo bajaron para limpiarlo y alguien decidió que merecía la calle. Así nació la procesión del Silencio: medianoche de Viernes Santo, en principio una sola imagen —esta— surcando la plaza, sin más luz que el temblor de las velas.
A día de hoy es la agrupación de Protección Civil, la responsable de portarlo en la procesión, junto al Cristo del Consuelo del que hablaremos en páginas posteriores.
Fragmento del libro · página 248.
Las fechas, atribuciones y relatos transmitidos por tradición oral se conservan con sus incertidumbres.